Danzante en los intersticios. Una conversación con Victor W. Turner

He leído y escrito sobre su obra, y cuando me lo encontré en ese bullicioso pub de Manchester, frente al Old Trafford, me di cuenta de que en realidad no me había hecho una imagen física de él. Apenas lo conocía por dos o tres fotos, todas ellas en close up, gracias a las cuales lo identifiqué en aquella mesa, bebiendo cerveza oscura. Más corpulento de lo sospechado para un intelectual, antropólogo y poeta, de mediana estatura, cabello cano y unas cejas densamente pobladas, Victor Turner me extendió su enorme mano y apretó la mía.

—Ahora entiendo por qué le decían el Tanque en su adolescencia —le dije.

Mientras nos sentábamos, pensé que éste era un comentario impertinente para iniciar una entrevista que me exigió cruzar el océano.

Él pidió una cerveza para mí sin preguntar.

—Mi madre, Violet Witter, fue actriz y en la déca- da de 1920 fue una de las fundadoras del teatro nacio- nal escocés, que entonces quería ser el equivalente del teatro nacionalista irlandés, el Dublin Abbey Theatre. Pronto el teatro escocés se replegó en su vocación in- dependentista, pero mi madre fue mujer de teatro hasta el final. Ofrecía recitales con un repertorio de voces que entonces eran indóciles: Ibsen, Shaw, Strindberg, Robert Burns; también tenía otro performance, titulado Grandes mujeres de grandes obras de teatro. Era una feminista. De niño yo le ayudaba a ensayar sus papeles, de tal suerte que con el paso del tiempo pude recitar diálogos de per- sonajes rebeldes femeninos. A los 12 años, en 1932, ga- né un premio de poesía por un poema: Salamina. Ignoro cómo me llegó, pero quedé impresionado por una postal con la reproducción del cuadro –una pintura absolutamente teatral– de Wilhelm von Kaulbach, La batalla de Salamina, que fue una inspiración para mí cuando escri- bí ese poema. Mis compañeros de escuela se burlaban de mí, así que me hice un rudo jugador de futbol soccer para sacarme el estigma de sensibilidad. Así me gané el honroso apodo del Tanque.

—Desde entonces nunca dejó usted el teatro ni éste lo abandonó –dije–. Ahí está su afortunada categoría de “drama social”; defendió una antropología procesualis- ta, fundó e impulsó la antropología de la experiencia y del performance, hizo amistad y trabajó con Richard Schechner, no olvidó sus reflexiones sobre el teatro noh y las sagas islandesas, ni sus estudios sobre las peregrinaciones que, por cierto, lo llevaron a México. En suma, siguen vigentes sus memorables e innovado- res trabajos sobre ritual.

El pub se fue llenando de ruidosos seguidores de los Red Devils, varios enfundados en una playera que os- tentaba el número 14, la del Chicharito, que en ese mo- mento jugaba en el Manchester United.1 Con un amable gesto de anfitrión cuando le pedí la entrevista, Turner me preguntó si me gusta el soccer. Una vez escuchada la respuesta, me invitó al mítico Old Trafford –un estadio de más de cien años– para ver un encuentro de futbol.

—Podemos conversar un par de horas –me dijo– antes de que se inicie el partido; está confirmado que su paisano jugará. Tal vez venga Max al pub. A usted le dará gusto conocerlo y él se sentirá feliz de saber que no está olvidado, que al menos en México se siguen leyendo sus obras.

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* Profesor-investigador, Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa (rdc@xanum.uam.mx).

1 La conversación con Victor W. Turner se llevó a cabo en enero de 2011.

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