Semana Santa en Santiago Azajo, Michoacán

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Elizabeth Araiza Hernández*
En Diario de Campo, números 6-7, enero-abril 2015

Santiago Azajo, ubicado en la región conocida como la Ciénega de Zacapu, Michoacán, es quizá el único poblado del área purépecha de esa entidad –y quizá de todo México– donde se lleva a cabo un vía crucis donde, salvo Cristo, el resto de los personajes lleva máscaras, lo cual es raro en una conmemoración de Semana Santa. Acaso una excepción sea la Judea de Purísima del Rincón, Guanajuato, si bien, como su nombre lo indica, no es una representación del vía crucis, sino del acto de traición de Judas y su castigo en la horca. Las máscaras de ambas conmemoraciones se asemejan mucho. En Purísima del Rincón la mayoría figuran rostros humanos, hombres blancos con barbas y expresión serena, mientras que en Santiago Azajo las de este tipo son una minoría, de modo que no son las mismas que se usan en otros poblados indígenas durante esta festividad –por ejemplo, entre los yaquis, coras, rarámuris y huicholes emulan a seres de la naturaleza, animales y entidades sobrenaturales asociadas con la imagen de Cristo–. Se dice que en Purísima del Rincón la Judea se representó por primera vez en 1873, por iniciativa de Hermenegildo Bustos, pintor y artista plástico local quien creó a los ocho personajes y sus máscaras –dos Judas: “Malco”, “El Taco” o “La Risueña”; un diablo mayor y un diablo menor, y “El Viejo”– . En Azajo, el origen del vía crucis con máscaras no se atribuye a una sola persona y la fecha se pierde en la memoria; allí los personajes no son ocho, sino alrededor de 80, entre Herodes, Pilatos, Judas, la muerte, cerca de 30 judíos, algunos diablos, cuatro soldados, dos o tres escribas y Jesucristo.

Además de esta asombrosa particularidad, hay otro aspecto que llama la atención y que asi- mismo marca la especificidad de Santiago Azajo: la combinación de varias formas de conmemorar Semana Santa que observamos en otros lugares de México. Si bien se lleva a cabo al modo del vía crucis viviente, en un momento dado, en el atrio de la iglesia, se realiza una procesión en la que 12 apóstoles, seguidos de los participantes, llevan a cuestas una imagen de Cristo y otra de la Virgen María, ambas vestidas de negro; se les transporta de tal modo que pareciera que se desplazan por sí mismas –cual si levitaran– hasta unirse en un encuentro místico: se inclinan una frente a la otra y se rozan los rostros para luego separarse y dirigirse, cada una por su lado, al interior de la iglesia, donde son colocadas. El Jueves Santo todos los personajes, vestidos con sus trajes, recorren las calles principales, pidiendo a las personas una aportación económica, acto que entre los yaquis recuerda al de los fariseos o judíos. Las acciones del vía crucis y de la peregrinación se acompañan por momentos con música de flauta y tambor, cuya sonoridad recuerda a la de muchos los rituales de Semana Santa en poblados indígenas. Sin embargo, tam- bién se entonan cantos con un tono melancólico, de arraigo colonial. Como se aprecia en esta serie, la representación del vía crucis en Azajo no tiene un estilo realista; por ejemplo, Jesucristo no es flagelado: sólo se ve su túnica con manchas rojas, que en sí mismas evocan su tortura.

Las fotografías fueron tomadas por Libertad M. R. Araiza durante la Semana Santa de 2014.

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* Profesora-investigadora, Centro de Estudios Rurales, El Colegio de Michoacán (elizabeth.araiza@colmich.edu.mx).

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