Presentación. Netzahualcóyotl Bustamante Santín Secretario de los Migrantes y Asuntos Internacionales.

El Gobierno del Estado de Guerrero, a través de la Secretaría de los Migrantes y Asuntos Internacionales (SEMAI), se enorgullece en presentar el sexto número de la revista Rutas de Campo, titulado “De ires y venires. Procesos migratorios en Guerrero”, una publicación que por primera vez coeditan la Coordinación Nacional de Antropología del INAH y la SEMAI.

La iniciativa es loable por inédita. Se trata de un número especial dedicado íntegramente a interpretar tanto el origen y la dinámica del éxodo de guerrerenses como a explorar las aristas del fenómeno migratorio, el cual se ha documentado muy escasamente habida cuenta de la fuerte tradición de desplazamiento de los nacidos en Guerrero desde hace al menos 40 años.

La presencia de guerrerenses y sus sucedáneos fuera de la entidad es insospechada. Diseminados en 16 entidades federativas de México como trabajadores del campo o empleados de ser- vicios de hostelería, y en al menos 20 estados de Estados Unidos, los surianos tienen una gran capacidad de adaptación a entornos sociales y climáticos adversos, así como a economías y sociedades muy demandantes.

La creación de la SEMAI, en octubre de 2011, mediante decreto del titular del poder ejecutivo del estado, constituyó un primer paso en la atención a un sector social del que se habla mucho pero al que se le reconoce poco.

Cifras conservadoras refieren la existencia de unos 20 mil jornaleros agrícolas migrantes mixtecos, tlapanecos, nahuas y amuzgos que en periodos de entre seis y ocho meses cierran sus casas, abordan autobuses bajo las órdenes de enganchadores y comienzan un periplo que los lleva en trayectos de hasta 20 horas de camino a los estados del noroeste del país. Su estancia allá por lo general no es placentera. Antes al contrario, sus carencias de alimentación en sus lugares de origen se ven agravadas por condiciones infrahumanas y de explotación en los campos agrícolas.

Con mucha fortuna, una reciente revuelta, ocurrida el 17 de marzo de este año, ha cambiado la forma de mirar y entender la penosa circunstancia de los jornaleros y sus familias. Asumo que esta protesta, originada en San Quintín, localidad próxima a Ensenada, Baja California, y sus consecuencias futuras en el respeto a las condiciones laborales provocará que sea abordada por parte de antropólogos y otros estudiosos.

La migración jornalera guerrerense tiende a dejar de ser esencialmente circular. Los desplazamientos de trabajadores del campo ocurren ahora entre estados del norte y noroeste, considerando los ciclos agrícolas. Cuando termina la cosecha de un producto en un estado, se migra a otro para continuar con la siembra de hortalizas, y así por el estilo. Esto es, se trata de una migración interestatal que permite a cientos de familias guerrerenses generar ingresos durante todo el año.

En cambio, algunos otros deciden en definitiva no volver a sus lugares de origen. En poblaciones de la península de California como Vizcaíno o San Quintín se han fundado, desde el año 2000, asentamientos o colonias de guerrerenses que encontraron en las grandes extensiones de sembradío la anhelada oportunidad de trabajo e ingreso que buscaban desde que abandonaron sus comunidades de origen.

La diáspora de guerrerenses en el exterior se inició con el Programa Bracero (1942-1964). Sin embargo, lo que yo denomino la “gran oleada de paisanos” que se fueron a Estados Unidos comenzó en la década de 1970. De ahí que Guerrero sea considerado un estado de migración emergente no tradicional, en contraste con Zacatecas, Michoacán, Guanajuato y Jalisco, cuyos éxodos se registraron con el amanecer del siglo xx.

Rutas de Campo, año 2, núm. 6, enero-febrero de 2015

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