Trabajar y morir en el surco. El destino funesto de los jornaleros agrícolas de la Montaña de Guerrero

Los jornaleros agrícolas ocupan los estratos más bajos de la población mexicana. Reciben los ingresos menores, generalmente por debajo del salario mínimo oficial. Sus condiciones de vida son también ínfimas. Si bien en las zonas prósperas algunos de ellos son trabajadores o empleados más o menos permanentes de una empresa agrícola, generalmente trabajan por día, por tarea o destajo y no disfrutan de seguridad en el empleo ni ingreso seguro. Muchos miles de estos trabajadores son migratorios, siguen circuitos estacionales más o menos fijos, de acuerdo con las necesidades de las diferentes cosechas. Estos trabajadores migratorios se encuentran en peores condiciones. No disfrutan de la protección de la ley, o del seguro social, ni atención médica, alojamientos adecuados o facilidades educativas para sus hijos.”

Rodolfo Stavenhagen, 1968 (apud Rojas, 2013: 9)

Introducción

Los jornaleros agrícolas conforman el sector más desprotegido de la población migrante. Hablar de derechos humanos para esta población nos obliga a partir primero de los diferentes factores que los llevan (u obligan) a tomar la decisión de migrar, así como todas aquellas circunstancias que implican para éstos –como comunidades indígenas, como hombres y mujeres, como niñas, niños y adolescentes, como familias– tener que dejar su lugar de origen para ir en busca de un empleo que sólo les ofrece una posibilidad para que puedan subsistir. Se trata de un grupo social de los más pobres y olvidados de nuestro país. Son migrantes indígenas invisibles que recorren territorios y fronteras estatales con la finalidad de sobrevivir, aunque eso signifique perder la vida en el intento.

De esta manera, distintos autores han dado cuenta de la alta movilidad humana que se registra en nuestro país; por ejemplo, se conjetura que, en México, aproximadamente 405712 familias están en permanente movimiento entre sus zonas de origen y las regiones a las que migran. Se estima que 26% de la población mexicana es migrante, y que de ésta nueve de cada 10 son migrantes internos. Se calcula que 3.5 millones de personas son migrantes internos, la mayoría de origen indígena (Ramírez, 2008: 11).

Desde hace décadas, la población campesina e indígena de nuestro país ha debido recurrir a diferentes mecanismos para subsidiar su economía familiar, uno de los cuales ha sido la migración temporal, estacional o permanente hacia otros estados con ofertas de trabajo. Ésta no sólo apoya la reproducción material y social de las familias, sino también la económica, política y cultural de poblados enteros, como ocurre con frecuencia en las zonas rurales más deprimidas en estados como Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Hidalgo, Veracruz, Puebla, Zacatecas y Durango, entre otros.

Ver artículo completo de Abel Barrera Hernández e Isabel Margarita Nemecio en

Rutas de Campo, año 2, núm. 6, enero-febrero de 2015

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