Migraciones indígenas del sur de México: viajeros y norteños nahuas

Introducción

Bastaron 60 años para que las migraciones de las comunidades nahuas llevaran a su población a más de 100 destinos en México y Estados Unidos, logrando diversificar su mapa étnico fuera del territorio tradicional, geografía a la que llegaron hace más de un milenio y donde asentaron sus raíces y su cultura a la orilla del río Balsas, en el centro-norte del empobrecido estado de Guerrero. El paisaje árido y la quebrada orografía de esta región indígena delatan las múltiples razones por las que estos nahuas han tenido que “buscar la vida” desplazándose a otros lugares, consolidando varias rutas que hoy en día corren paralelas en dos países. Debido a estas dinámicas los nahuas se llaman a sí mismos “viajeros” y “norteños”, nominaciones que responden a sus categorías sociales propias, construcciones nativas originales y fieles a esa tradición impuesta por sus viejos y renovados trayectos familiares y grupales.

Seguir la pista de esa dispersión fue posible por el trabajo antropológico en esta zona durante casi tres décadas, tiempo privilegiado para advertir los cambios más recientes de estos pueblos (sobre los resultados, véase García, 2000, 2002, 2007, 2008a, 2008b, 2009, 2015). De esta forma también se consiguió hacer múltiples estancias y recorridos con estos nahuas en sus hogares originales y en sus sitios de trabajo, donde han conformado nuevos asentamientos, por lo que el estudio de los desplazamientos de estas comunidades se nutre de fuentes de primera mano recabadas por décadas, al ir a distintos puntos geográficos locales, nacionales e internacionales.

Las comunidades de referencia son Ahuehuepan, Ahuelicán, Ameyaltepec, Analco, Maxela, San Agustín Oapan, San Juan Tetelcingo, San Marcos Oacatzingo, San Miguel Tecuiciapan, Tlamamacan y Xalitla, en el Alto Balsas. En los lugares turísticos nacionales: San Miguel de Allende, Distrito Federal, Cuernavaca, Playa del Carmen, Mérida, Chetumal, Cancún, Mazatlán, Puerto Vallarta, Acapulco, Taxco, Chilpancingo, Tixtla y Tijuana. Y en Estados Unidos: Chicago, Los Ángeles, Riverside y Houston.

En esas trayectorias nacionales e internacionales maduraron rutas y redes que de forma pa- ralela gestaron un complejo migratorio regional como resultado de articulaciones intercomu- nitarias precedentes entre pueblos y familias a través del comercio, la lengua, el parentesco, el sistema de cargos, la vida ritual y la organización etnopolítica (no partidista). Debe precisar- se que la región migratoria articula las migraciones nacionales con las internacionales; es decir, una no se explica sin la otra. La experiencia mexicana se plantea en tres etapas: la primera se relaciona con las incursiones comerciales del mercado artesanal dentro del propio estado de Guerrero (1940-1960); la segunda se asocia con el surgimiento y apogeo de las pinturas en papel amate, que propició el inicio de la migración a escala nacional en ciudades y centros turísticos (1960-1970), y la tercera coincide con la debacle artesanal, la crisis económica mexicana y procesos donde se consolidan las rutas migra- torias y asentamientos nahuas en distintos puntos de México (1980). Entrelazados con estas tendencias se encuentran los desplazamientos itinerantes por el tra- bajo agrícola asalariado en campos agroindustriales del centro y noroeste de México desde los últimos 45 años (1960-2005).

Ver artículo completo de Martha García Ortega en

Rutas de Campo, año 2, núm. 6, enero-febrero de 2015

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