De Balsas y la Montaña a Chicago-Manhattan: “migradólares” y remesas culturales

Los hombres de maíz más bien siguen poniendo su esperanza en el alma ancestral de sus pueblos y de la tierra común que empuja la vida en las plantaciones de Bridgeton, en los pavimentos de Queens y en las laderas de Texcatepec.”

Alfredo Zepeda González,
“Once años migrando a Nueva York”

Los extremos se tocan. Desde Metlatónoc, que no hace mucho era el municipio más pobre de América, se ha conformado parte de una corriente migratoria hacia dos de las principales urbes de la nación más desarrollada del planeta. Marco A. Monge, que en 2005 publicó una obra sobre los guerrerenses radicados en Chicago, refiere la siguiente anécdota con un migrante na savi cuando éste le solicitaba ayuda para conseguir un taxi por teléfono:

La verdad, al momento de que Artemio hablaba yo no entendía lo que decía. Tuve que componer sus palabras para que nuestra comunicación resultara eficaz. Como pude me las arreglé.

—¿Es de México? —pregunté.
—Sí, de Guerrero —contestó.
—¿De qué parte? —pregunté sorprendido.
—De Metla… tónoc.
—Yo también vengo de Guerrero —le dije de inmediato.
—¡Y cómo se atrevieron a viajar a una ciudad que no conocen y que ni siquiera hablan bien español!
—pregunté admirado.
—Es que no paga[n] bien allá en México, y por eso viene acá, [a] Estados Unidos [a] trabajar. Artemio me comentó que tenía dos hijos viviendo en North Carolina, pero que prefería vivir en Chicago, ya que anteriormente había vivido y trabajado en esa ciudad en un “restarán de chinos”, como él simpáticamente le llamaba. Ésa era su segunda ida a “la Ciudad de los Vientos” (Monge, 2005: 70).

En la otra cara de esos procesos itinerantes para encontrar trabajo están los riesgos: ser asaltado o morir en la travesía por el desierto; ser esquilmado o agredido por coyotes, cholos o maras, y finalmente, ya ubicados en los destinos migratorios, vivir en habitaciones congestionadas, enfrentar la discriminación, padecer la explotación y el desamparo laboral, la deportación o la prisión por ser “indocumentado”, y por añadidura el distanciamiento y la desintegración familiar.

La percepción de un niño na savi (Glockner, 2008: 162) es ilustrativa al respecto: “Una vez sí nos agarraron y luego nos volvimos a ir. Nos querían llevar por el desierto pero dicen que era muy peligroso, que nos vamos a morir. Es que ahí está muy cerquitas pero ahí sí te puede suce- der algo, como tener mucha sed. ¡Y si te ven en el día te disparan! Porque dicen que no somos como ellos, no quieren que vayamos allá, quién sabe por qué (Paulino, 12 años)”.

Como parte de esas paradojas de la era neoliberal, fuerza de trabajo de las regiones mas “deprimidas” de México se traslada a los emporios del país vecino para contribuir a mantener la tasa media de ganancia del capital transnacional. Más en ese forzoso itinerar, sin el cual no sería posible la reproducción social de las personas, los grupos familiares y las comunidades, también se dan fenómenos de retroalimentación cultural.

Ver artículo completo de Samuel L. Villela F. en

Rutas de Campo, año 2, núm. 6, enero-febrero de 2015

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