Revista Rutas de Campo, año 1, núm. 3, julio-agosto de 2014

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Presentación

Screen Shot 2015-11-18 at 5.29.23 PMEl 17 de septiembre de 2014 se cumplieron 50 años de que el Museo Nacional de Antropología abrió sus puertas a la admiración del mundo en su nuevo edificio de Chapultepec, sin duda la mejor obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, en cuyo diseño, construcción y montaje intervino un excelente grupo de arqueólogos, museógrafos, curadores, antropólogos, arquitectos, historiadores y artistas plásticos que pusieron en pie uno de los recintos museísticos más notables del mundo.

El museo de Chapultepec es heredero de una tradición museológica que arrancó en 1825, cuando el presidente Guadalupe Victoria ordenó la formación de “un Museo Nacional” y que el Congreso instituyó en 1831. En 1909 se separaron las colecciones naturalistas y de antigüedades y se conformó el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, que en 1939 se dividió a su vez en el Museo Nacional de Historia, con ubicación en el Castillo de Chapultepec, y el Nacional de Antropología, que hasta los primeros meses de 1964 se situó en la calle de Moneda, atrás de Palacio Nacional.

Mis primeras impresiones de este museo se remontan a mi educación primaria cuando, recién estrenado, me pareció una maravilla. En pleno bosque de Chapultepec, el nuevo recinto era un magnífico complemento del viejo y fascinante Castillo, testigo de heroicas batallas y episodios históricos. Consideraba una gran hazaña presentar en ese espacio tan amplio, elegante y moderno el esplendor de los antiguos mexicanos.

Recuerdo que al final de alguna de nuestras visitas escolares, como de pasadita, nos llevaron a las salas etnográficas, para que viéramos cómo vivían los indígenas en la actualidad. La exposición me pareció interesante, pero visiblemente alejada del mensaje orgulloso y exultante de las salas arqueológicas. Me dio la impresión de que los indígenas de hoy aparecían allí como una especie de reminiscencia disminuida y pintoresca de los gloriosos habitantes del México prehispánico. Como si en esas salas se presentara un mundo en retirada, en extinción, del que había que rescatar las últimas manifestaciones, antes que el embate de la modernidad acabara con todo.

Sentía que si las salas arqueológicas, abajo, nos llenaban de nostalgia por las grandes civilizaciones atropelladas por la Conquista, víctimas de ese “formidable naufragio histórico” del que habló Torres Bodet en la inauguración, las salas etnográficas, arriba, transmitían una especie de melancolía menor ante la inminente desaparición de estas culturas supervivientes de artesanos pobres, pálida sombra de aquellos constructores de grandes pirámides, para dar paso al México moderno y unitario que el propio museo proyectaba.

Los años posteriores, y en particular las dos últimas décadas tras el alzamiento de los indígenas zapatistas en Chiapas, en 1994, vendrían a cuestionar la validez de una modernización excluyente y avasalladora, que niega la pertinencia y vitalidad de nuestras culturas originarias y condena a la mayor parte de la población a la pobreza y al sometimiento, así como a replantear la definición constitucional de México como una nación pluricultural, sustentada originalmente en sus pueblos indígenas. Al final del siglo XX era ya innegable que los pueblos indígenas de México, en su diversidad, demostrando una enorme capacidad de adaptación y resistencia, lejos de disminuir su presencia demográfica, cultural y política la incrementaban, para aportar a la nación mucho más que sus artesanías y su fuerza de trabajo.

Así que la visión sobre la etnografía y sus vínculos con la arqueología tuvo que cambiar, en el país y en este recinto. El ahora cincuentenario Museo Nacional de Antropología, que hasta 1979 albergó a la ENAH, es para el INAH un motivo permanente de orgullo y fascinación, pues representa la constatación de la grandeza del pasado y el presente de los mexicanos.

Al ser la antropología el estudio de lo humano, no es posible excluir de su campo de atención a los propios antropólogos, de modo que esta edición de Rutas de Campo no es sólo una contribución al festejo de los 50 años del Museo Nacional de Antropología, sino también un aporte para una metaantropología y una metahistoria de primera mano, un rastro fresco de cómo vivía hace cinco décadas y cómo ha vivido desde entonces un grupo de antropólogos y museólogos que en los años de construcción del museo iniciaba su formación profesional.

En estas páginas los colegas encontrarán un espejo de nueve rostros en el cual reconocerse. Nueve investigadores, cada uno con su propia trayectoria y perspectiva, pero todos activos desde la fundación del museo y de las batallas culturales que se han librado desde sus salas, nos cuentan lo que recuerdan y lo que piensan. Estoy seguro de que sus reflexiones darán a estos festejos una dimensión distinta.

Diego Prieto Hernández
Coordinador Nacional de Antropología

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