Niños y jovenes en la escuela. Una propuesta para la UNESCO

Jaime Delgado Rubio*
En Diario de Campo número 2, abril-junio 2014

Antecedentes

Aunque el término “patrimonio cultural inmaterial” (PCI) ya era conocido y utilizado en algunos círculos académicos especializados desde la década de 1990, no fue hasta 2003, durante la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la unesco, cuando se presentó por primera vez a la comunidad internacional.

Atendiendo a su definición, por PCI se entienden “todas las prácticas, representaciones, expresiones, conocimientos y habilidades que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte de su legado cultural y son transmitidas de generación en generación” (UNESCO, 2003: 43).

Al respecto, tres hechos nos parecen significativos: el primero es de índole participativa, ya que para su definición la unesco realizó una encuesta entre los países miembros en aras de lograr su consenso. El segundo es de índole legal, ya que al presentarlo se le dotó de personalidad jurídica al incorporarlo a la legislación de cada país parte; el tercero es de índole teórica, al establecer que el PCI se debe entender a la luz de conceptos consustanciales como “educación” y “participación comunitaria” (ibidem: 40).

Sobre el concepto de educación, la convención lo concibe como el medio por el cual el patrimonio cultural inmaterial se transmite, interioriza y reproduce. Por su parte, la participación comunitaria se define como el acto político concreto en que los actores sociales tienen la po- sibilidad de incidir el diseño o en la implementación de una política pública que atañe a su co- munidad (ibidem: 46).

Respecto a la distinción entre patrimonio cultural material e inmaterial, se establece que si bien los objetos y monumentos que conforman el llamado patrimonio material existen y son únicos, su valoración y conocimiento se ubican en una dimensión mental que ocurre cuando el sujeto, en su acto de conocer, recibe las imágenes del mundo, las procesa y explica a través del lenguaje y juicio (Popper, 1997: 67). Así, la supuesta diferencia no es más que el reverso de un solo proceso cognitivo.

Con este marco conceptual, aquí presentamos los resultados de un ejercicio educativo y participativo auspiciado por el INAH en 19 escuelas primarias de las comunidades contiguas a la zona arqueológica de Teotihuacán, con el objetivo de generar una apropiación activa del patrimonio arqueológico, al alinear los conceptos descritos: educación, participación y patrimonio inmaterial.

* Investigador, Zona Arqueológica de Teotihuacán, INAH (jaimeteo8@hotmail.com).

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