La UNESCO, el patrimonio cultural inmaterial y las tradiciones musicales en México

Carlos Ruiz Rodríguez*
En Diario de Campo número 2, abril-junio 2014

Durante el primer tercio del siglo XVII, con el propósito de defender la rada principal de la estratégica bahía interna de Cartagena de Indias, se construyó el baluarte de San Lorenzo del Reducto. La histórica construcción sirvió de refuerzo a la defensa del fuerte de San Sebastián del Pastelillo que resguardaba el recinto de Getsemaní.

La fortificación tuvo su protagonismo ante la embestida continua de naves enemigas contra la corona española, como parte del sistema defensivo de este importante asentamiento colonial que en la actualidad es el sitio turístico más importante de Colombia. Hoy el baluarte de San Lorenzo, ese histórico recinto, es una preciada discoteca-bar llamada La Casa de la Cerveza, que no sólo funge como restaurante, sino también como lugar de sucesos sociales y reuniones empresariales.

Mucho podría decirse sobre la vocación que deben tener los edificios históricos al amparo de instituciones públicas. Sobra discutir si celebrar una fiesta privada o un cierre de negocios al albergue de muros de casi 400 años de edad es un lujo o un atentado histórico: depende desde qué perspectiva se mire.

En nuestro país exploramos también, aunque con variantes, esas latitudes de aprovecha- miento del patrimonio material. Edificios históricos pertenecientes a la nación, no pocas veces arqueológicos, son rentados o “prestados” para festejos privados y espectáculos escénicos de conocidos artistas de la industria mediática.

Sin embargo, el presente escrito no se centra en el patrimonio material, ese que en nuestro país cuenta con leyes que lo protegen desde la década de 1970 –y que no pocas veces son transgredidas–, sino que se ocupa de ese otro patrimonio llamado inmaterial, el que ni siquiera cuenta todavía con una legislación o aparato conceptual consensuado que lo regule y que en las instituciones de cultura es tratado casi de manera accesoria al patrimonio material.

En ese contexto de vacíos conceptuales y legales que caracterizan al patrimonio cultural inmaterial (PCI) uno podría esperar cualquier cosa respecto a su destino, si bien hace unos años México dio un paso significativo en el plano de la política cultural al unirse a la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, aprobada por la unesco en 2003.

Ser invitado a reflexionar sobre este tipo de patrimonio con base en la reciente evaluación (UNESCO, 2013) que ese organismo internacional hizo de la aplicación práctica de la convención se antoja como un ejercicio pertinente, pero no deja de suscitar sentimientos encontrados.

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* Fonoteca del INAH (ruiroca@hotmail.com).

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