El 68 no es un recuerdo

Margarita Nolasco

En Diario de Campo número 1, enero-marzo 2014

En 1968 salí a Europa después de participar en la marcha encabezada por el rector Javier Barros Sierra y, a mediados de septiembre, a mi regreso, me encontré una ciudad de México cambiada: pintas en las que abiertamente se insultaba al presidente; las universidades y escuelas superiores del país dedicadas a difundir la gravedad de los hechos contra la UNAM, contra los estudiantes y contra el pueblo de México por el déspota presidente Díaz Ordaz. Poco después se conformó el Consejo Nacional de Huelga (CNH), en el que participaban los principales centros de educación superior del país. Pedían la libertad de los estudiantes presos, la indemnización a los familiares de los muertos en la destrucción de la puerta de la Preparatoria de la UNAM, la renuncia de los jefes policiacos y la derogación de los artículos del Código Penal que se referían a los deli- tos políticos.

El mismo 15 de septiembre asistí al “Grito” que dio Heberto Castillo en la UNAM y me uní a las manifestaciones de protesta contra la política represiva de Díaz Ordaz. La respuesta de este déspota consistió en que el 23 de septiembre se tomaron militarmente diferentes recintos universitarios –el IPN primero, luego la UNAM y después otros–. Hubo enfrentamiento entre estudiantes y jóvenes de la ciudad y las fuerzas armadas, además de otras manifestaciones de protesta. El 2 de octubre de 1968 se realizó un mitin en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Allí comienza mi visión de hasta dónde puede llegar la perversidad de un presidente.

Días antes había quedado con la doctora Mercedes Olivera de comer juntas ese 2 de octubre en su departamento del edificio Chihuahua, en Tlatelolco, situado en el cuarto piso; esto es, arriba del tercero, donde se ubicaba una terraza en la que estaban los líderes del CNH, algunos invitados que hablarían durante el mitin y diversos periodistas, casi todos extranjeros. En efecto, recogí al más pequeño de mis hijos y a las dos hijas de Mercedes en la escuela, así como a una amiga de éstas, y me dirigí al edificio Chihuahua.

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