Ciento cuatro años de antropología mexicana

Luis Vázquez León*

En Diario de Campo número 1, enero-marzo 2014

Introducción

Si convenimos en considerar al año de 1910 como el inicio de la antropología profesionaliza- da en México –dado que entonces se fundó la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas–, entonces pretender ofrecer una visión de conjunto de esta ciencia social implica referirse a más de un siglo de prácticas e ideas de diversa índole, en que lo mismo puede haber fundación de instituciones que rupturas, escándalos, cotidianidad, producción de obras clave y una inmensa cantidad de literatura que en realidad hace normal la actividad en conjunto, e incluso la constitución de unas comunidades virtuales –asociaciones, congresos, redes, entre otras– que se sobreponen a los conflictos más profundos.

En lo que sigue no intento hacer un recuento histórico pormenorizado de un siglo de avances y retrocesos, sino más bien reflexionar, tal como hemos venido haciendo varios autores (Vázquez, 2002; Giglia, Garma y De Teresa: 2007; Krotz y De Teresa: 2012), sobre qué ha sido, sobre qué es y sobre qué será la antropología tras un siglo de existencia.

En sus orígenes, la profesionalización de esta ciencia social coincidió con una escuela que des- apareció. No obstante que se trató de un esfuerzo incipiente por internacionalizarse, más tarde este intento fallido fue relevado hasta la fecha por una escuela de orientación nacional. Más aún, después han sobrevivido, en forma casi simultánea, una treintena de nuevas escuelas, institutos, colegios y un centro de investigaciones. Eso haría pensar, de modo complaciente, que el futuro de esta disciplina se encuentra plenamente asegurado. Y deberíamos celebrarlo. Pero antes de instalarnos en un área de seguridad y confort ontológicos, habría que recordar que venimos de un fracaso inicial y que la mayor institución antropológica en México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con 950 investigadores en su planta, vive en continuas dudas sobre su persistencia. Y que ellos no son los únicos. En los momentos en que escribo, el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que constituye el sostén de la élite científica mexicana, se halla en revisión por parte del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) a raíz de la creciente percepción de la ineficacia del juicio o evaluación de pares en el que descansa su membresía. Algunas medidas correctivas ya han sido tomadas, aunque cabe preguntarse si habrá más en el futuro.

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* Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Unidad Occidente (lvleon@prodigy.net.mx)

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