A la sombra del árbol pionero

Antonio García de León*

En Diario de Campo número 1, enero-marzo 2014

El explorador

La población negra de México. Estudio etnohistórico, obra clásica de Gonzalo Aguirre Beltrán que en 2006 cumplió 60 años de su primera edición, implica un acontecimiento de gran relevancia y convierte al autor en el supremo babalawo de las nuevas generaciones de africanistas mexicanos, que fue además uno de los fundadores de la antropología mexicana moderna y de los estudios indigenistas, teóricos y aplicados.

Aguirre Beltrán fue el gran constructor y artífice del tema de la presencia africana en México. La pasión que imprimió a su trabajo brota en todos sus textos y se transforma en una serie de lugares históricos que desembocan en una obra singular y polémica: una mezcla de antropología, historia y reconstrucción cultural, de seguro inseparable del hecho de haber nacido en Tlacotalpan, un pueblo de la cuenca del Papaloapan situado en una región de paso del comercio colonial, teñida de pies a cabeza por el mestizaje.

Así, esta obra se ocupa de un tema que el autor construyó de manera global y etnohistórica, alrededor de los documentos que logró reunir con avidez –sobre todo en el Archivo General de la Nación–, para intentar dar una explicación coherente a la participación de la población africana en el mestizaje de Nueva España: lo cual le confirió a sus resultados un carácter único dentro del contexto de su época. A veces, a partir de una sola fuente, reconstruyó y dio sentido a toda una red de relaciones que terminaron por constituir hechos contundentes, a tal punto que el negro colonial de Aguirre Beltrán se convirtió en un personaje arquetípico de las historias posteriores: “el negro esclavo de Nueva España”, imposible de imaginar sin las viñetas de Alberto Beltrán.

Su gran aporte, en todo caso, fue poner sobre la mesa un tema olvidado por el relato oficial de la historia construida después de la Independencia en aras de la construcción de una identidad nacional, basada sólo en el “esplendor del México antiguo” y en la “herencia española”: el mérito de haber evidenciado la existencia de los negros y “afromestizos” –como él los llamaba en los términos de la antropología integradora de su tiempo–, con lo cual sentó las bases iniciales de una corriente historiográfica que después se ocuparía del tema, aunque durante más de 30 años haya sido el “africanista solitario de México”, como lo llamó el venezolano Acosta Saignes. En este contexto, y como lo corrobora en un libro póstumo que conjuga nuevos ensayos (Aguirre, 1994), su trabajo inicial y fundador no se puede desligar de la atracción que sobre él ejercieron los estudios hechos en tres países donde la presencia africana es decisiva: Cuba, Brasil y Estados Unidos, pues es de allí de donde provenía su insistencia en la condición social de los es- clavos. Así, en las páginas de La población negra no sólo aparecen los espectros culturales de varios grupos étnicos traídos a México desde el África subsahariana y a la fuerza, sino que también se pasean los fantasmas de los cubanos Fernando Ortiz, Manuel Moreno Fraginals y Julio Le Riverend; del anglocaribeño Eric Williams; de los brasileños Raimundo Nina Rodrigues y Arthur Ramos –contemporáneos de él y apasionados investigado- res del tema en sus respectivos países–, y sobre todo la influencia directa de su maestro estadounidense Melvi- lle Herskovits, cuyas investigaciones, ubicadas en estos contextos de gran africanía, no dejaron de marcar los pasos ulteriores de nuestro pionero solitario.

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* Investigador del Centro INAH Morelos (hom_shuk@hotmail.com)

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